Los hijos de la Gran Bretaña

Que digo yo que, cómo son estos hijos de la Gran Bretaña; ¿eh? ¡No me dirán que no! (no olviden consultar mi ensayo: “Cómo comenzar bien un monólogo“). Europeos de pro, inventaron ese maravilloso deporte que es el fútbol, nos han dado a Los Beatles… y nos han dado el inglés, ese idioma maravilloso. Los hijos de la Gran Bretaña (The Big Britain en inglés, claro).

Los ingleses molan, los ingleses son gente letrada, los ingleses son gente culta, ¿y saben por qué? Porque saben inglés. No como aquí, que ni inglés ni ná. Español y mal. Los ingleses son gente de mundo, gente de idiomas, y es porque saben inglés. Y ahí nos llevan ventaja. Como los americanos, que también saben inglés. Que digo yo, ¿para un inglés escuchar inglés americano despertará la misma sensación en las entrañas y concretamente en el esfínter que para un español escuchar español sudamericano? ¿Cómo será eso? ¿españolizarán palabras inglesas, como hacen a la inversa los sudamericanos (véase customizar o ser exitoso)?

El inglés es fácil, porque no tiene tildes. En el cole no te dan la coña con las palabras agudas, llanas o esdrújulas. Un inglés no sabe lo que es una palabra esdrújula. Yo tampoco pero, ¿imaginan a un inglés pronunciando “esdrújula”? Debe de ser divertido. Además con cuatro palabras vas listo: “yeah”, “no”, “what” y “motherfucker”. Es fácil: “yeah” (que es más enrollado que “yes”) para decir sí, “no” para decir no, “what” para que te repitan algo cuando no lo hayas entendido, y “motherfucker” por si acaso a la segunda sigues sin entenderlo. ¡Y ya está! No necesitan más, fuck sirve para todo, es como un comodín; cualquier insulto lleva “fuck”.

Otra cosa buena que tiene el inglés es que no distinguen entre masculino y femenino, todos es más ambiguo y más homogéneo. Eso libera unas cuantas neuronas de su cerebro de tener que pensar si lo que van a decir es macho o hembra, y pueden dedicar esas neuronas, por ejemplo, a levantar apropiadamente una pinta de cerveza. Esto también está muy bien porque se ahorran un pico en un ministerio como el de Igualdad y de paso no tienen que oir a una ministra decir “miembros” y “miembras”.

Pero no todo es sencillo con el idioma; la pronunciación es compleja; sólo tienes que cambiar una letra y la palabra se pronuncia totalmente diferente: woman-women. ¿por qué? Además que hay que ser cuidadoso con la pronunciación o corres el riesgo de decir: “en California hay unas zorras grandes y estupendas” en lugar de “en California hay unas playas grandes y estupendas”.

Volviendo al carácter de los ingleses, toda la vida nos han vendido al típico inglés de bombín, paraguas en ristre y té de las cinco de la tarde. ¿Dónde está ese estereotipo? Yo lo que veo en la tele es a Amy Winehouse, Keith Richards y Kate Moss… y no me imagino a ninguno de los tres ni con paraguas bajo el brazo, ni con bombín… y no digamos té; si acaso con un pelotazo de bourbon, que ya es otra cosa.

Se trata de una raza hermosa, blancos como blancanieves y de rosa tez con coloretes cuales Heidis, rollizos y rubios ellos. Claro, que los maquillas un poco y parecen otra cosa, pero si les quitas el pote son todos Heidis.

Tienen sus particularidades, como tener su propio sistema métrico (conviene recordar que, como ya dije en otra ocasión, tienen sus propias referencias métricas), eso de que conducen por el carril contrario… pero no lo hacen para caernos mal, todo tiene un porqué; es porque viven en una isla y hay mucha niebla. Digo yo.

Los ingleses son muy suyos, muy especiales y por eso los demás no les hemos sabido comprender a lo largo de la historia, y por eso no han tenido muchos amigos: ni franceses, ni americanos, ni españoles, ni alemanes, ni siquiera los escoceses, encabezados por Mel Gibson con la cara pintada y enseñando el culo. Pero es porque no los sabemos tratar. Por eso en Europa van un poco a su aire, y por ejemplo no pasan por eso de la moneda única: el euro. ¡Gente espabilada estos ingleses, desde luego!

Recordemos, pues, a los ingleses, que nos han dejado personajes tan ilustres como William Shakespeare, Winston Churchill, Margaret Thatcher, Benny Hill o Mr. Bean.

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Inventos de hoy y de mañana

En esta sociedad del futuro, de la innovación, de la tecnología y las comunicaciones, de los viajes espaciales y la biología molecular, de los truños de realities y de los programas del corazón, nadie se atreve a hablar de aquellos nichos de la vida en los cuales poco o nada hemos avanzado en los últimos años. ¿Miedo?, ¿conspiración de los gobiernos poderosos? ¿manipulación de los medios? ¿a qué huelen las nubes? ¿qué hace un funcionario en vacaciones? ¿trabajar?

Bien, pues a pesar de todas estas preguntas, para las que lógicamente no tengo respuesta, faltaría más, trataré de ahondar en aquellos aspectos en los que creo que no hemos avanzado mucho, o para que me entiendan mejor: hemos progresado más bien poco.

Podríamos comenzar por los inventos inútiles, como por ejemplo el bidé. El bidé, como todo el mundo sabe, sirve para dejar la ropa sucia y para que las putas te laven la polla antes de chuparla. Porque serán putas pero la higiene es la higiene. Si tienes en casa un bidé y no lo usas con estos fines es que no tienes ni idea de para qué sirve un bidé. Pregunta al fabricante.

Otro invento inútil son los juegos que vienen con la TDT. Ya jode que te tengas que comprar una puta mierda de telar para ver la tele como para que encima incluyan juegos cutres, con intensos colores que dañan la retina y que encima son más viejos que Anita Obregón. ¿Realmente alguien ha encendido la tele alguna vez y se ha puesto a jugar al tetris o al bricks con la TDT? ¿En serio?

Uno más: los pañitos de punto de cruz. Tela con éstos (jo, si no hago un chiste fácil reviento). Son decorativos, son bonitos, dan un toque de personalidad… acumulan polvo y recuerdan a las cutre-pelis de Almodóvar. Que luego vas a quitar el pañito para limpiar y ves el dibujo perfectamente impreso debajo, con el polvo que se ha colado por los huecos. Qué bonito.

Entre los inventos que directamente son timos están los crecepelos y tratamientos anticaída. Vamos a ver: si se trata de un asunto genético y que te dicen que no se puede evitar, aunque sí ralentizar a base de dejarte los dineros y echarte ridículos potingues en el pelo, si los dermatólogos dicen que todo eso es un timo, ¿cómo va a funcionar? Vamos a explicarlo con un sencillo ejemplo que todo el mundo entenderá: si Zidane está calvo con la de pasta que ha ganado durante su proceso de caída del cabello, ¿cómo coño va a existir un invento para evitar la calvicie?

Más inventos chorras: los post-it. Esa maravilla de papel que sirve para escribir cosas, pegarlas en un sitio visible y de este modo no se te olvide recoger los niños del colegio. Hasta aquí todo bien salvo por un pequeño detalle. No pegan. Simplemente no pegan. Tú lo dejas en el monitor, te das la vuelta y el puto papelito ya no está ahí; está caído sobre la mesa. Y boca abajo, además, el muy cabrón, para que se te olvide el detalle. Y claro que se te olvida, porque llenas todo de post-it y no tienes forma de ver qué era importante y qué no. Lo metes en la cartera, lo dejas sobre la mesa y ahí se queda. Olvidado de la mano de Dios.

Finalmente están los abrefáciles de los tetra-brick. Qué invento el tetra-brick, oigan. Una maravilla de la ciencia y la tecnología. Un puto poliedro de cartón. Para meter cosas. Idealmente líquidos. Lo malo es sacarlas. Y ahí viene la fiesta: empezó siendo una línea de puntos, pintada sobre un fondo azul. Vale. Todos, de niños, cuando cogíamos un cartón de leche, buscábamos el dichoso rectangulito azul para levantar la solapa y cortar por la línea de puntos. ¿Somos idiotas o qué? ¿Qué pasa, que por el otro extremo del cartón era imposible cortar? No, es que la tijera se traba, es un extremo mágico y los fabricantes han hecho que por ahí no se pueda romper jamás… ¡Joder, que es un puto extremo pintado! Y encima con línea de puntos, para que sepas  por dónde hay que cortar, no vayas a ser imbécil y te salgas de la línea!

Lo malo es que la cosa no ha mejorado desde entonces. Ahora están los tapones con una fantástica anilla debajo. Lo más normal que te puede pasar es que tires de la anilla y te salpique unas gotitas, ¡uy, qué cosa más simpática!, en las zonas más inesperadas: el mantel, la mano, la camisa recién planchada, los pantalones recién traídos de la tintorería…

En el peor de los casos te pueden ocurrir tres cosas, a saber:

  1. Que la anilla se rompa y el puto cacho de papel Albal siga ahí, inmutable ante tu desesperación. Te toca recurrir a un cuchillo y cortar el cacho como buenamente puedas. Después quedarán restos de papel de plata ahí, asquerosos, y corres el riesgo de cortarte, claro. La vida es emoción, amigos.
  2. Que la anilla se estire, se estire… y nunca corte la tira de papel Albal. Esto te deja un poco perplejo, porque no sabes si seguir tirando y exponerte a decorar las paredes de la cocina de leche o recurrir nuevamente al cuchillo (véase punto 1).
  3. Que salga todo. Y cuando digo todo… es todo: anilla, papelito, soporte de plástico… todo. Esto normalmente acaba muy mal: con medio litro de leche en el mantel, en tu mano, por tu ropa… acaba con tu paciencia, te supera… y encima ahora no hay forma de verter la leche, porque el cartón está plano y se derramaría por todas partes… aquí tienes que recurrir a una jarra o algo…

Por otra parte están esos inventos que se echan de menos y que uno no se explica qué cojones ha hecho el ser humano hasta ahora para no haberlos inventado ya; como por ejemplo el aspirador silencioso. Se ha inventado el aspirador con agua, el que tiene un cable extralargo, el que aspira mogollón, incluso el que no lleva cables sino una batería de litio con autonomía de tres horas. De puta madre, oiga, pero: ¿y el silencioso? ¡Porque yo estoy hasta las narices de que los vecinos me despierten los fines de semana porque están pasando el aspirador! Un apaño (o workaround, que decimos los informáticos, para dejar perpleja a la peña) sería inventar un dispositivo que hiciera que el cacharrín no arranque los fines de semana. Y todos tan contentos. Una solución muy española, además: en vez de atajar directamente el problema y solucionarlo, poner un cacho de esparadrapo y todos tan contentos.

Otro invento que estaría muy bien sería el desodorante repelente de pelmazos. Por este pagaría yo dinero, porque a todos nos ha pasado que estás un sábado de fiesta medio borracho, con la media sonrisa en la boca, la copa en una mano, el cigarro en la otra… y te viene el típico colega pesao a contarte lo que le ha pasado el miércoles en el trabajo, o te filosofa al oído, te filosofa escupiendo saliva además, o te cuenta lo graciosa que es una peli que ha visto o un libro que ha leído… y como no es plan de utilizar un desodorante normal para apuntarle directamente a los ojos y salir corriendo mientras él se returce de dolor pues digo yo que estaría bien algo que simplemente le quitara las ganas de dar el coñazo.

Algún día dejaré todo lo que hago en la vida e inventaré alguna de estas maravillosas cosas que nos harían la vida un poco más fácil, y me forraré, y especularé, robaré y seré corrupto, cual político del PP. Y entonces, veremos quién se ríe.

Por un lenguaje más “cool”

El otro día recibí uno de esos correos que se reciben de mucho en mucho tiempo, de los que merece la pena guardar y enmarcar. Hablaba de una carta que escribió una radioyente al programa de Luis del Olmo, en la que hablaba sobre el estado actual de nuestra querida lengua. Dado que yo soy un amante protector de nuestra lengua, aunque de vez en cuando la pellizque o meta una patada en sus partes en este blog, no pude evitar esbozar una sonrisa, no sólo por el ingenio de la autora, sino por mi apoyo total a su opinión. No sé si les gustará a mis pocos lectores, pero me parece algo digno de publicar. Por cierto, si tal radioyente lee esto, le pido tenga a bien facilitar su nombre, pues con mucho gusto lo pondré al final del artículo. Toda una sátira.

Desde que las insignias se llaman pins, los maricones gays, las comidas frías lunchs, y los repartos de cine castings, este país no es el mismo: ahora es mucho, muchísimo más moderno.

Antaño los niños leían tebeos en vez de comics, los estudiantes pegaban posters creyendo que eran carteles, los empresarios hacían negocios en vez de business, y los obreros, tan ordinarios ellos, sacaban la fiambrera al mediodía en vez del tupper-ware.

Yo, en el colegio, hice aerobic muchas veces, pero, tonta de mí, creía que hacía gimnasia.   Nadie es realmente moderno si no dice cada día cien palabras en inglés.   Las cosas, en otro idioma, nos suenan mucho mejor.   Evidentemente, no es lo mismo decir bacon que panceta, aunque tengan la misma grasa, ni vestíbulo que hall, ni inconveniente que handicap

Desde ese punto de vista, los españoles somos modernísimos. Ya no decimos bizcocho, sino plum-cake, ni tenemos sentimientos, sino feelings.

Sacamos tickets, compramos compacs, comemos sandwiches, vamos al pub, practicamos el rappel y el raffting, en lugar de acampar hacemos camping y, cuando vienen los fríos, nos limpiamos los mocos con kleenex.

Esos cambios de lenguaje han influido en nuestras costumbres y han mejorado mucho nuestro aspecto.   Las mujeres no usan medias, sino pantys y los hombres no utilizan calzoncillos, sino slips, y después de afeitarse se echan after shave, que deja la cara mucho más fresca que el tónico.

El español moderno ya no corre, porque correr es de cobardes, pero hace footing; no estudia, pero hace masters y nunca consigue aparcar pero siempre encuentra un parking.

El mercado ahora es el marketing; el autoservicio, el self-service; el escalafón, el ranking y el representante, el manager.  Los importantes son vips, los auriculares, walkman; los puestos de venta, stands; los ejecutivos, yuppies; las niñeras, baby-sitters y hasta nannies, cuando el hablante moderno es, además, un pijo irredento.

En la oficina, el jefe está siempre en meetings o brain storms, casi siempre con la public-relations, mientras la assistant envía mailings y organiza trainings; luego se irá al gimnasio a hacer gim-jazz, y se encontrará con todas las de la jet, que vienen de hacerse liftings, y con alguna top-model amante del yoghourt light y el body-fitness.

El arcaico aperitivo ha dado paso a los cocktails, donde se hartan a bitter y a roast-beef que, aunque parezca lo mismo, engorda mucho menos que la carne.

Ustedes, sin ir más lejos, trabajan en un magazine, no en un programa.   En la tele, cuando el presentador dice varias veces la palabra O.K. y baila como un trompo por el escenario la cosa se llama show, bien distinto, como saben ustedes, del anticuado espectáculo; si el show es heavy es que contiene carnaza y si es reality parece el difunto diario El Caso, pero en moderno.

Entre medias, por supuesto, ya no ponen anuncios, sino spots que, aparte de ser mejores, te permiten hacer zapping.

Estas cosas enriquecen mucho.

Para ser ricos del todo, y quitarnos el complejo tercermundista que tuvimos en otros tiempos, solo nos queda decir con acento americano la única palabra que el español ha exportado al mundo: la palabra “SIESTA.”

No se puede estar más de acuerdo.

Hugh Laurie y Quique San Francisco son… ¡la misma persona!

Esto se me ocurrió el otro día viendo el programa de Cuatro El Hormiguero, en el cual asistió como invitado el actor y humorista Quique San Francisco, al cual admiro mucho por su inteligencia, por su sátira, por su acidez humorística y por su saber hacer, en definitiva.

Y en una de estas pensé: ¡coño, cómo se parece este tío a Hugh Laurie! ¡Cuántas cosas tienen en común! Puesto que a Hugh Laurie también lo admiro mucho, como sabrán aquellos que hayan leído esto, aunque debo reconocer que todo mi conocimiento de este actor viene por su archiconocida serie House M.D., he decidido hacer esta pequeña broma, sobre todo a los fans de ambos actores, ya que dudo mucho que alguna vez lleguen a leer esto los propios personajes implicados, más que nada porque sé de buena tinta que Hugh Laurie no se maneja del todo bien con el español.

Bien, vamos al meollo de la cuestión. Me propongo demostrar, de forma lógica y científica que Hugh Laurie y Quique San Francisco son la misma persona. ¿Sorprendidos? ¡Qué coño!, ¿es que no han leído el título del artículo o qué? Pues eso, céntrense, por favor. He aquí mi razonamiento, aunque primero vean las fotos que a continuación he colocado para centrar ideas. Me ha llamado mucho la atención el por qué al buscar “Hugh Laurie” en Google aparece un listado de vínculos y al buscar “Quique San Francisco” aparece en primer lugar vídeos de YouTube y Resultados de Imágenes. Debe de ser que Quique es más atractivo.

Quique San Francisco

Quique San Francisco

Hugh Laurie

Hugh Laurie

Vale, quizá viendo las fotos me digan que qué barbaridad, que no hay ningún parecido en absoluto, que tal, que cual y que Pascual. Aguarden un momento, lean y verán cómo tengo razón:

Ambos son actores.
Ambos son descuidados en su afeitado e imagen personal.
Ambos son hombres. En serio.
Ambos son maduritos, digamos cincuentones.
Es más: a ambos les ha llegado su época de gloria en la madurez. En esto también coinciden con George Clooney, pero aquí se acaban las analogías.
Ambos tienen el pelo gris, con ciertas deficiencias alopécicas.
Ambos tienen los ojos azules, ¡muy importante!
Ambos hablan un perfecto inglés. En el caso de Quique, para que hable un perfecto inglés hay que invitarle a unas cañas primeramente.

Bien, si nos fijamos ahora más concretamente en el personaje de Hugh Laurie, Gregory House, las analogías se multiplican:

A ambos les gustan las cazadoras de cuero.
A ambos les gustan las motos.
Ambos tienen problemas con las piernas: recordemos los accidentes de Quique y la eterna dolencia de House.
Ambos tienen una drogodependencia: Vicodina y cerveza respectivamente.
Ambos tienen un sentido del humor inteligente y satírico.
De hecho, ambos son humoristas, aunque no payasos, y mucho menos gilipollas.
Ambos tienen muchísimo carisma. Sus gestos les dan un carácter arrollador.
Ambos son muy inteligentes.
Ambos tienen el mismo nivel de éxito con las mujeres: Cero.

Por todo ello, he llegado a la conclusión de que Quique San Francisco y Hugh Laurie son la misma persona. ¡Chúpate esa, Sócrates, Einstein y demás pandilla de aficionados!

Ahora van, y lo cascan.

Escenarios (sigh) de la vida real

Actualmente estoy leyendo otro libro de Ingeniería del Software; en esta ocasión trata sobre Estimaciones en los proyectos software, y se titula Software Estimation; Demystifying the Black Art, del famoso autor Steve McConnell, autor de una multitud de libros de ingeniería; entre otros es autor de  Rapid Development – Taming Wild Software Schedules y Code Complete.

Lo que a continuación transcribo, sin traducir (posiblemente lo haga en los próximos días), viene literalmente en su libro, y presenta ciertos escenarios que a más de uno le resultarán familiares en la vida de un ingeniero informático. A mí, personalmente, me recuerda mucho a las historietas publicadas en el fantástico blog Sinergia sin control.

EXECUTIVE: How long do you think this project will take? We need to have this software ready in 3 months for a trade show. I can’t give you any more team members, so you’ll have to do the work with your current staff. Here’s a list of the features we’ll need.

PROJECT LEAD: OK, let me crunch some numbers, and get back to you.

Later

PROJECT LEAD: We’ve estimated the project will take 5 months.

EXECUTIVE: Five months!? Didn’t you hear me? I said we needed to have this software ready in 3 months for a trade show!

MANAGER: I know we had a goal of finishing this release in 12 weeks, but my estimates indicate that it will take 16 weeks. Let’s walk through the estimate using this software estimation tool. Here are the assumptions I made. First, I had to calibrate the estimation model. For the “programmer capability” factor, I assumed our programmers are 35th percentile—

EXECUTIVE: What?! No one on our staff is below average! You need to have more confidence in your staff! What kind of manager are you? Well, maybe we’ve got a few people who aren’t quite as good as the rest, but the overall team can’t be that bad. Let’s assume they’re at least average, right? Can you enter that into the software?

MANAGER: Well, OK. Now, the next factor is the capability of the requirements engineers. We’ve never focused on recruiting good requirements engineers or developing those skills in our engineers, so I assumed they were 15th percentile

EXECUTIVE: Hold on! 15th percentile? These people are very talented, even if they haven’t had formal training in requirements engineering. They’ve got to be at least average. Can we change that factor to average?

MANAGER: I can’t justify making them average. We really don’t even have any staff we can call requirements specialists.

EXECUTIVE: Fine. Let’s compromise and change the factor to 35th percentile then.

MANAGER: OK (sigh).

EXECUTIVE: We need Giga-Blat 4.0 in 6 months.

TECHNICAL LEAD: We’ve estimated the project carefully. Unfortunately, our estimates show that we can’t deliver it in less than 8 months.

EXECUTIVE: That’s not good enough. We really need it in 6 months.

TECHNICAL LEAD: Do we really need all the functionality that’s currently required? If we could cut enough functionality, we could deliver it in 6 months.

EXECUTIVE: We can’t cut functionality. We’ve already cut features to the bone on this release. We need all the features, and we need them within 6 months.

TECHNICAL LEAD: What’s the major factor that’s driving the 6-month schedule? Maybe we can find a creative solution.

EXECUTIVE: The annual trade show for our industry is in 6 months. If we miss the trade show, we’ve missed our chance to demo the software to many of our key accounts. That will effectively push back our sales cycle by a whole year.

TECHNICAL LEAD: I really can’t commit to delivering the final software in time for the trade show. But I can commit to having a beta version ready for the trade show, and I can provide a tester who knows where all the problems are and who can run the software during the show so that it doesn’t break. How does that sound?

EXECUTIVE: If you can promise the software won’t crash, that will work fine.

TECHNICAL LEAD: No problem.

TECHNICAL LEAD: Our estimate for this project is that it will take 5 to 7 months. We’re still pretty early in the Cone of Uncertainty, so we can tighten that up as we go.

EXECUTIVE: Five to 7 months is too wide a range. How about if we just use an estimate of 5 months?

TECHNICAL LEAD: We’ve found it really useful to distinguish between estimates and commitments. I can’t change the estimate, because that’s a result of a lot of computations. But I could possibly have my team commit to a delivery schedule of 5 months if we all agree that we want to take on that level of risks.

EXECUTIVE: That seems like semantics to me. What’s the difference?

TECHNICAL LEAD: Our range of 5 to 7 months includes one standard deviation of variation on each side of our 50/50 estimate of 6 months. That means we have about an 84% chance that we’ll deliver within 7 months. Our estimates suggest that we have only 16% chance of actually meeting a 5-month commitment.

EXECUTIVE: We need more than 50% confidence in the date we commit to, but 84% is more conservative than we need. What would the 75% confident date be?

TECHNICAL LEAD: According to the probabilities we estimated, that would be about 6.5 months.

EXECUTIVE: Let’s commit to that then.

TECHNICAL LEAD: That sounds good.



Fuente:

Software Estimation; Demystifying the Black Art

Steve McConnell

Microsoft Press 2006

Medidas

Desde que el hombre es hombre (y la mujer, mujer) no se por qué coño le dio por medir las cosas. Qué llorera, leche. Que si el peso, el volumen, el dinero… pero lo que yo creo que surgió primero fue la longitud. Indiscutiblemente. Sobre todo si tenemos en cuenta que en la Edad de Piedra todos íbamos en pelotas y la mayoría de científicos primitivos eran hombres. Claro. Ya por entonces prometíamos. Imagínense qué papelón: establecer la unidad. Porque vamos a ver: ¿quién dijo que un cacho así… bueno, más o menos así… era precisamente y exactamente un metro? Recordemos que eran hombres… oh, qué exageración, nadie la tiene tan grande… ¡recordemos de nuevo que eran hombres! ¡Y tenían colegas! Porque ya el hombre, por aquel entonces, era un ser social. A base de gruñidos y sonidos guturales, pero social. ¿Lo dudan? Además, el hombre no ha cambiado tanto desde entonces. Y si no quítenle el teléfono móvil a un chavalín y entren en la lista de mensajes enviados. ¡Qué! ¿jeroglíficos egipcios? ¿pinturas rupestres? ¡mariconadas! niños “q kdan n l park a ls 8 xa dar x l (( y azr btyn” y graffiteros baratos que escriben su nombre por ahí: “el rulas”, “el xilli”, “Mari x Jose”…

Volviendo al asunto… otra de las cosas que nos gusta mucho es comparar. Desde chicuelos, y no me digan que no: todos hemos meado juntos y siempre estaban las miraditas y las risitas picaruelas… lo que no entiendo muy bien es por qué siempre esas risitas iban acompañadas de las miraditas hacia mí.
Y juntábamos fuerzas, escribíamos nuestro nombre… recuerdo que tenía un amigo que escribía mejor su nombre en el suelo con el pis de su miembro que con la mano en el papel. ¡Qué caligrafía! ¡qué trazos iban y venían! ¡un artistazo! Y comparar está mal, amigos, ¿acaso no lo sabían? está muy mal; sobre todo si sales perdiendo tú.

De hecho, el metro es en realidad comparar con respecto a un patrón. ¡Imagínense ahora que llevamos toda la vida comparando cosas de todo tipo con respecto a la polla de un neandertal exagerada delante de sus amigotes!

– ¿Y cuánto hay de Valladolid a Madrid?
– Pues… unas 250.000 pollas neandertales.
– Ahhh… bueno, son unas dos horas y media, yendo a unas 100.000 pollas por hora, claro (que da la sensación de ir… a toda hostia).

Y del metro sale el metro cuadrado. Oséase: una polla cuadrada, de 1 por 1. Que vaya capacidad de aforo tenían las mujeres neandertales, digo yo. Eso sí: una polla cuadrada pero planita. Y se utiliza para medir superficies. Pero eso ya es una medida totalmente obsoleta. Yo ya hace mucho que no mido en metros cuadrados, ni en hectáreas… es como la peseta: está caduca. A mí… háblame en campos de fútbol. Eso sí.

Oye, es que te dan una medida en campos de fútbol y como que ya… te haces una idea mental mucho más precisa, ¿no? Y no vale ni de tenis ni de baloncesto: de fútbol, sí señor… A lo mejor les parece una barbaridad, pero si ven en la tele cualquier cosa… es que absolutamente todo lo comparan con campos de fútbol, oiga… ¿cómo voy a saber yo, a estas alturas, lo que es una puñetera hectárea? ¿Pero de cuántos campos de fútbol se compone una hectárea? ¡Si no no me hago una idea!

Y eso es todo. Esas son las medidas que molan. Luego están medidas que dan risa, medidas para todo: que si voltios, que si faradios, que si ohmios, que si pascales… y todo porque llevan el nombre de la persona que los inventó. ¿Ves? ¿Y por qué no existe una medida para… qué sé yo, la tontería? Y la medida oficial en el Sistema Internacional sería los belenestébanes… ¿eh? ¡anda que no mola! ¿Y la medida oficial de tener jeta? ¡el dinio! ¡Si le pega perfectamente! Lo estoy viendo, las mujeres en la charcutería:

– Póngame medio dinio de morro de cerdo, por favor.
– Pues hoy lo traigo fresquísimo y riquísimo, señora.
– A mí me ponga dos dinios, entonces.
– Vaya atracón se va a pegar, señora.
– Es que hoy vienen los hijos y las nueras a comer…

¿Y el del hijoputismo? Bueno, ahí habría muchas discrepancias, porque las propuestas serían bastante numerosas. Habría que hacer varios estándares, como el del Sistema Internacional y el sistema inglés de medida; que hay que ver estos hijos de la Gran Bretaña, mira que les gusta llevar la contraria y tocar las narices, ¿eh? Tienen que medir en pulgadas (qué quieren, los ingleses neandertales la tenían más pequeña), en yardas (ya les gustaría a ellos), en pies (como la tenían pequeña… se la fueron a mirar y no vieron más que pies, claro, no había obstáculos enmedio…)

Hay otros tipos de medidas, como las temporales. Por ejemplo, están los segundos, los minutos… los meses… Un niño, sin ir más lejos, está 9 meses metido en la barriguita de su mamá. Y qué de puta madre se está, ¿eh? ¿Cuántos hoy mismo desaríamos meternos de nuevo por el chismín de alguna? Aunque bueno, lo de los 9 meses es un poco relativo, vamos, digo yo, porque en mi curro hay una mujer embarazada con un panzón de por lo menos 11 meses… el muy pájaro no querrá salir… ya ves, tonto el pequeñuelo…

Y para terminar, ¿qué pasa con las medidas monetarias? Toda la puta vida con las pesetas y nos pasan al euro… ¿total para qué? pa subirnos los precios injustificadamente. Y ahora que hay crisis, ni te cuento. No se puede ni salir de vacaciones. Sólo con ir a repostar ya te dan ganas de meterte en un zulo (con z, mal pensados) y no salir en todo el verano. Que parece que más que llevar un depósito de gasolina llevamos una caja fuerte dentro del coche. Ni gasolina ni nada, yo le meto dentro las joyas. Y le voy a poner una combinación secreta. Que estoy viendo que voy una mañana a trabajar y algún listo me ha trincado la gasofa con una gomita.

Que es que está la cosa mu malita, hombre… hoy mismo oí en el telediario… ¡qué pasa!, ¡que también me importan las noticias de economía, hombre! Bueno, en realidad es que no había otra cosa, porque la hora del telediario es el momento del día más inútil para hacer zapping…
Bueno, pues estaba viendo el telediario, y decían que el gobierno norteamericano (los hijos de la Gran América) habían puesto 100 mil millones de dólares de bote, vamos, del bote de todos los ciudadanos (y ciudadanas no me vayan a llamar machista y nazi) para evitar que una importante empresa financiera quebrara y mandara al carajo toda la economía estatal y mundial y universal y evitar que a todos nos reventara el culo a estornudos. Y yo lo primero que hice fue acojonarme: ¡100 mil millones de dólares! Aunque luego pensé: ¡Pero cuánto es eso! Y la tía que contaba el reportaje narraba que era el equivalente al gasto de la guerra de Irak por tres años. Pues bien. Sigo en las mismas. A ver: ¿eso, en campos de fútbol… cuánto es?

¡A comer conejo se ha dicho! (reeditado)

De verdad, cómo somos, oye. Nos aconseja el señor Ministro a seguir la dieta del Cucurucho (el que no sepa de qué va, que lo busque porque yo no se lo voy a explicar) y nosotros nos quejamos. De desagradecidos dicen que está el mundo lleno. Mirad Sarcozy. Oyó al ministro, y ea, ahí le tienes, con la Bruni, menudo cómo se estará poniendo a conejo el cabrón. ¿No nos quejamos año tras año del éxtasis empalagoso de polvorones, caviar, angulas, percebes, bogavantes, cigalas y ostras? Pues ya está, la solución es un rico y nutritivo conejo, que para el que no lo sepa (el que tiene orejas y corre por el campo) es una de las pocas carnes que reparte sus nutrientes en todas las partes de su cuerpo. Ahí es nada. Y a darle al folleteo. Íbamos a llegar el día 2 de enero al tajo con 5kg de menos, algo inaudito en la historia de la humanidad.

– ¡Vaya, vaya, Gerárdez, cómo se han dado las navidades, se ha quedado hecho un figurín!
– Sí jefe, es que seguí las recomendaciones del señor Ministro… ¡y ya ve!

Entonces se iban a quejar los monitores de gimnasios. A ver, si no comemos jamón y embutido… ¿de qué viven ellos? Y al cabo de los meses, llega el verano y unos tipazos por la playa de quitar el hipo… unos abdominales… unos pectorales… ¡hasta las señoras de 70 años, oiga! Íbamos a hacernos famosos los españolitos, ya lo estoy viendo: “La Nueva Dieta Mediterránea”. ¿Y los vigilantes de la playa? ¡Se rodaría en Benidorm o en Torrevieja, seguro!

Y si la inflación sigue subiendo… ¿qué cenaremos la Nochebuena que viene? Miren, yo propongo una carne deliciosa y muy nutritiva: carne de rata de alcantarilla. ¡Qué! No me dirán que van a pasar hambre, porque del tamaño de un conejo, mal se les tiene que dar para no encontrar alguna. Y lo que es mejor: se ahorran toda la inflación de precios debida a los intermediarios. Sólo hay que abrir una alcantarilla, sentarse con una caña de pescar, poner de cebo una bota vieja… ¡y a esperar! Y es que hasta el cebo es barato, qué quieren. Todo ventajas.

Me gustaría que en la primera sesión del Congreso de los señor DiPutaDos, pasaran todos en fila india por una báscula. Veríamos a ver qué conejo han comido, si del que come hierba y corretea por el campo o del que tiene pinzas y vive en el fondo del mar (matarile, rile, rile).

¿Y Bugs Bunny? ¿Alguien ha pensado en el pobre colectivo de conejos? No me extrañaría verlos manifestándose a la puerta del Ministerio, con pancartas del estilo: “¿Por qué no nos coméis el cimbrel?” Pobres conejos. Claro que como no hablan… Pero tienen derecho a manifestarse, aunque sea silenciosamente. ¿No lo hace acaso el rebañ… el gremio de actores de nuestro querido país? Pues eso. Y lo peor es que, los conejos, al igual que los gitanos y los jubilados, votan en masa, y votarán al PP. Y esto ya es más grave.