Un relato corto

Año 2072. Como cada mañana, Fred se despertó a las 8 de la mañana. Había tenido una noche revuelta, probablemente debido a que estaban en primavera, el tiempo era bastante inestable y soñaba mucho. Se vistió rápidamente, tomó un café con un par de galletas, agarró su All-In-One y se fue a la calle, camino del trabajo.

Un All-In-One era un dispositivo que hacía las veces de teléfono móvil, radio, dispositivo de audio, cámara, calendario, gestor de eventos, sincronizador de redes sociales y otras mil cosas inútiles más. Más o menos como ahora, pero más pequeño y sin pantalla, ya que funcionaba a base de una especie de hologramas que uno controlaba con los dedos, describiendo ciertos movimientos en el aire.

Fred trabajaba como máximo responsable del departamento de IT en MeetLove, el Meetic de la época. Su creador, John Marrison había patentado hacía diez años una idea innovadora y rompedora: un sistema informático que, en base a parámetros sociológicos muy definidos y sesudos del cliente en cuestión, realizaba una búsqueda de la pareja perfecta, gracias a un algoritmo extremadamente complejo que se ejecutaba en un servidor de máxima capacidad, cuya responsabilidad era en estos momentos la ocupación de Fred.

En el año 2072 el ritmo de vida de las personas había provocado más divorcios y rupturas que nunca antes en la historia; la gente era más independiente, pero también más infeliz. Las personas no estaban dispuestas a aguantar en absoluto las manías o costumbres de otra persona, y a la menor discusión uno de los dos agarraba la puerta y se iba, y a empezar de nuevo. Muchos hombres y mujeres fallecían sólos en residencias privadas, pagadas con mucho dinero, y en muchos casos sin hijos. Precisamente la idea de John, que inteligentemente decidió patentar, cubrió una necesidad que muchos añoraban, o que soñaban cuando las oían contar a los más viejos: el amor, la fidelidad, el respeto, la complicidad de la pareja.

Desde entonces, y gracias al sistema de John, en los últimos diez años el número de divorcios se había reducido a tan sólo un 5% del total de nuevas parejas, o al menos eso decían ellos. “¿Para qué perder el tiempo con personas que no merecen la pena? ¡conoce a tu media naranja sin sufrir despechos y rupturas!”. Tal fue la campaña publicitaria que el mismo John personificó en los paneles publicitarios de los edificios que inundaban las ciudades.

Y la idea cuajó, vaya si cuajó. Los beneficios de John se contaban por millones y la gente era feliz. Pagabas, te sometías al procedimiento, y encontrabas a tu pareja perfecta. La gente acudía a su primera cita con la convicción del que se sabe ganador. Todo era más fácil. Nada podía fallar, el sistema era infalible. Muchos intentaron descifrar el algoritmo, sin éxito: el secretismo que lo protegía era absoluto, el servidor que ejecutaba la búsqueda estaba protegido por las máximas medidas de seguridad.

Aquella mañana, Fred había tenido una pesadilla. Algo no iba bien. Su antecesor en el cargo, el propio John Marrison en persona le había indicado que el sistema era tan estable que su trabajo sería coser y cantar, apenas le daría trabajo y casi nunca tendría que revisar el funcionamiento del sistema. En el sueño, el sistema se caía, el servidor dejaba de funcionar y todo era un auténtico caos, él era despedido fulminantemente y todo el mundo se reía de él.

Es por ello que aquella mañana se vistió rápido y fue casi corriendo a su trabajo, sin tomar el transporte urbano. Cuando llegó a su puesto, tuvo que revisar sus notas para consultar cómo se accedía al sistema central, el sistema más importante, el que ejecutaba el algoritmo de búsqueda. Se autenticó en los distintos niveles de protección del sistema hasta que llegó al núcleo. Entonces, se quedó pálido cuando descubrió que el núcleo estaba caído. Tras varios minutos de desesperada búsqueda, entendió que dicho algoritmo nunca existió, la máquina había operado en vacío los últimos diez años.

Fred comprendió la jugada de su jefe, y sonrió con una mueca de ironía. Miró la foto que colgaba de su despacho; en ella, John aparecía radiante, con los brazos cruzados, en una actitud de confianza y desafiante a la vez. “Qué cabrón”, pensó. Se levantó y se preparó un buen café.

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