Silencios

Tarde de domingo. Verano, es julio y la mayoría de la gente, el que todavía se lo puede permitir, aprovecha el buen tiempo para salir fuera. A donde sea, la cosa es huir de la espantosa ciudad. Como si dejando atrás la cuidad pudiéramos también dejar atrás nuestros problemas diarios. Es igual, escapar es bueno, de vez en cuando el cuerpo pide salir de la rutina que por otra parte marca un ritmo saludable, para caer en el caos, los horarios cambiados, los niños gritando por la mañana y posiblemente trayendo alguna que otra pata quebrada, como dice mi madre.

Y sin embargo, ahora la ciudad es paz. Tranquilidad. Ahora es cuando mejor se respira, porque la ciudad desprende silencio por todos sus poros.

El ser humano se ha acostumbrado de tal manera al bullicio, las prisas, el estrés y el ruido que ha olvidado lo que es disfrutar de un buen trago de silencio. Supongo que lo que ocurre es que el silencio ayuda a pensar, a reflexionar; y eso, lejos de producirnos placer, nos genera una sensación de intranquilidad. Pensar no es bueno porque te pone triste, porque te hace darte cuenta de lo miserable que es tu existencia, o de lo sólo que estás en el mundo. O te vuelve nostálgico, porque el silencio te hace recordar tiempos pasados.

Yo creo que esto no tiene por qué ser cierto. El silencio es una ventana a la reflexión, sí, pero no de una forma negativa necesariamente. Es como una pausa entre dos intervalos de distracción: hablas, escuchas, ves la tele, trabajas, juegas… y de repente, paras. Y piensas… en lo que sea: en planes para el futuro próximo, en que tienes que hacer una lavadora, ir al médico, llamar a tus padres o sacar la basura.

Todo eso está bien, pero a mí me gusta más cuando el silencio induce a la reflexión, a lo que en ingeniería llamamos ‘retrospectiva’. Es como si después de andar un camino cada vez más largo de repente paras, levantas la cabeza, te giras hacia atrás y observas el camino recorrido. Y disfrutas, porque es un camino cada vez más largo y más rico, porque has atravesado sendas desérticas y parajes inolvidables, prados verdes, campos de trigo, de estío y de abundancia. Y todo te llena, todo te hace más fuerte y más sabio. Te das cuenta de que bueno o malo, lo recorrido te prepara mejor para lo que vendrá en el futuro. Y sonríes.

Mi madre suele decir que cada vez hablo menos, que de pequeño no hacía más que rajar. Es cierto, noto que me pasa con todo el mundo. Es sólo que cuando no tengo nada que decir, no lo digo, y disfruto de mi pausa entre dos intervalos de bullicio. Entonces me doy cuenta de que la mayoría de los seres humanos se sienten incómodos ante el silencio, y busco alguna tontería que soltar, para que el otro no se sienta incómodo. Seguramente sea un tipo raro, sin duda debo de serlo, pero encuentro los silencios particularmente reconfortantes, y desde luego nada incómodos, aunque es cierto que depende de la situación.

Lo que quiero decir con todo esto es que no es bueno ir como un borrico hacia adelante, intentando conseguir la zanahoria que nos han puesto delante y que nunca llegamos a alcanzar. Es bueno tener un objetivo, pero también es bueno en algunos momentos dejar de pintar, alejarnos unos metros y observar con cierta distancia y perspectiva el aspecto que va tomando nuestra obra en el lienzo de la vida.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s