A Don Miguel Delibes

Este precioso escrito se lo debo a Carmen Sotillo (no quiere revelar su verdadero nombre; el lector afín a Miguel Delibes reconocerá en este nombre uno de los personajes de Don Miguel):

Querido Miguel, hace ya una semana que nos dejó y aun sigo sin hacerme a la idea, no quiero creer que la poca conciencia que le quedaba a Castilla nos ha dejado, – ¡con lo escasos que andamos de sensatez hoy en día!-, a buen seguro usted ya estará descansando, por fin, junto a su amada Ángeles, y poco o nada le importará ya la situación en la que nos encontramos, rodeados de pícaros y ladronzuelos que se ríen del pueblo llano en nuestras propias narices. Pero no, a usted esto ya no le tiene que importar, al fin y al cabo el mayor honor que usted persiguió la mayor parte de su vida -lejos de Premios Nobeles, y demás fríos metales- fue el regresar al lado de su mujer, su primer y único amor, su particular señora de rojo sobre fondo gris.

También, con pesar, ha dejado usted de darle vida, con sus paseos matutinos, a su adorado Campo Grande. Rara era la ocasión en la que no se acercaba algun desconocido a mostrarle su cariño, – ¡Buenos días, Don Miguel! ¿Qué tal se encuentra hoy?-, y usted contestaba de buena gana, como si se hubiese encontrado con un amigo de toda la vida; por eso era usted grande, porque a pesar de ser un gigante de las letras era usted un vecino más, un tipo humilde siempre con una palabra amable para quien se preocupaba por su salud, tan frágil en los últimos años.

Alguna vez, hace años ya, le vi paseando por la Acera de Recoletos y por respeto o verguenza jamás me atreví a dirigirle la palabra. No querrá que le molesten, pensaba siempre, -no era usted muy dado a los halagos-, y ahora ya no tendré la oportunidad de decirle lo importante que fue usted para mí, pero sepa, esté donde esté, que sus obras siempre me acompañarán, y siempre me sentiré orgullosa de haber compartido con usted los rincones de la ciudad que nos ha visto nacer.

Y eso que dicen que los vallisoletanos somos fríos, -¡si supiera usted la multitud que, emocionada, fue a darle el último adiós!-. Seguramente diria, casi avergonzado, que usted no merecía tantos honores, porque quizás para el resto del mundo usted “sólo” era ese gran escritor de libros que nos obligaban a leer en el colegio, pero para nosotros era usted nuestro vecino más querido, esa persona que daba honorabilidad a nuestra pequeña ciudad. Es por eso que para nosotros usted merece todos los honores.

La mala suerte hizo que apenas conociera a mis abuelos, y quizas veía en usted al abuelo perfecto, culto, humilde, afable pero a la vez disciplinado y ordenado, seguro que era usted de esos que contaban historias inventadas a sus numerosos nietos -¡cómo le echarán de menos!,- y qué historias, no se me ocurre nadie que pueda contar relatos mejor que usted; por eso, Don Miguel, le escribo estas líneas como pequeño homenaje a todo lo que nos enseñó, y tenga por seguro que las futuras generaciones de lectores también leerán sus obras, y se emocionarán con ellas como hicimos todos. Ese es, sin duda, el mejor homenaje que sus paisanos le podemos ofrecer.

Y sirva como despedida postuma las últimas palabras que escuchó usted de boca de una de sus nueras : “ Te queremos mucho, Miguel”.

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