Absuelto sin cargos (reeditado)

Voy a añadir aquí lo que sería el primer capítulo de un intento de novela que estoy escribiendo desde hace algún tiempo. Me gustaría que alguien expresara su opinión, quizá si la termino y la publico le firme algún ejemplar cuando sea rico y famoso…

«Me llamo Diego y soy un asesino. Hace una semana descubrí algo bajo el televisor del salón, en el pequeño espacio que existe entre el final de éste y la mesa sobre la que se sustenta. Era un cuaderno de aspas con tapas de color azul oscuro. No lo había visto antes porque esa parte queda a oscuras, de manera que solamente fui capaz de descubrirlo por la mañana, con la luz del sol alumbrando mientras consultaba el parte meteorológico a la vez que, por primera vez en bastante tiempo, hacía limpieza en mi piso de soltero. Cuál fue mi desazón al reparar en él y ver su contenido. Menos mal que detrás de mí estaba mi sillón favorito, de otra manera el síncope me hubiera dejado seco en el sitio. El cuaderno era mi viejo diario, del que había perdido constancia hará unos dos meses. En las primeras páginas aparecen notas, recuerdos, dibujos, citas… pero en las últimas páginas aparecían garabatos, líneas, esquemas, una especie de plan bélico, terrorista, malvado. No recuerdo haber escrito esas últimas páginas, pero la letra es indudablemente, mía. Pasé las páginas perplejo, hasta que comiencé a comprender todo. Ya ves, al final ellos tenían razón.

Lo que ese cuaderno reflejaba era un plan meticulosamente urdido para acabar con la vida de una persona. No recuerdo haber matado a nadie. Pero el cuaderno debí de dejarlo ahí yo mismo, con la idea de descubrirlo precisamente ahora que se han calmado las cosas y recrearme a gusto así en mi brillante plan. Pero no estoy orgulloso, ni mucho menos aliviado. No tengo ninguna sensación de victoria, orgullo o poder. La conciencia castiga mi alma solamente de pensar que he sido capaz de hacer lo que he hecho. Y no he pagado por ello. ¿Me estaré volviendo loco? ¿El ser que estoy viendo en el espejo soy yo o es un diabólico asesino? Parece que me mira con una media sonrisa, maquiavélica. ¿Cómo he podido hacerme esto? Ya no sé ni quién soy. Pero pronto acabará todo. Pronto expiaré mis pecados, haré justicia. No volveré a ser feliz. No he pegado ojo en esta semana, y apenas he comido nada. Las náuseas me despertaban por las noches y la palangana rebosa fluídos intestinales, el único jugo que ha recorrido mis entrañas en días. Tampoco he ido a trabajar. Los jefes me han llamado preguntándose dónde demonios estoy. Les he cogido el teléfono y tras soportar estoico la avalancha de improperios contra mi persona, he colgado el teléfono sin mediar palabra. La última vez que me llamaron fue para decirme que me pasara a cobrar el finiquito y firmar la carta de despido. Qué ironía. Me parece que el finiquito se lo van a tener que meter por el culo.

»Miguel era un tipo prometedor. Tuve mis más y mis menos con él, pero tampoco era nada que no se arreglara con un poco de paciencia. De algún modo atravesé por una mala racha: mi novia me dejó, el casero me echó a patadas de aquel mugriento apartamento, cada vez tenía más trabajo y me ponía mas irritable. El colmo era Miguel; a él le iba todo bien: buena familia, un piso estupendo, una novia (¡la mia!) estupenda, una naturaleza competitiva… Toda una promesa para la compañía. El muy cabrón tenía suerte, sí; y sabía cómo llegar a lo más alto. Pero de ahí a planear su muerte de una forma tan concienzuda… De ahí a perpetrar un asesinato a sangre fría…

»Las piernas me flaquean; sí, ahora sí que pronto habrá acabado todo. Ahora ya me tengo que agarrar con fuerza al lavabo para no desfallecer. Pero aguantaré en pie hasta el final. El tembleque en las piernas comenzó hace unos minutos, las ojeras, testigos silenciosos del insomnio sufrido, se han acentuado y tengo los labios amoratados y agrietados. Mi rostro ha adquirido la lividez de un espectro, me aterroriza siquiera mirarme. Y esa sonrisa que me devuelve el espejo…

»Nuria. Ella también me demostró que Miguel era mejor que yo. No es que yo fuera todo un caballero romántico a lo Shakespeare, pero tampoco entiendo que me abandonara. Aquello debió de ser la gota que colmo el vaso para mi. Aún recuerdo su pelo liso, sedoso, negro azabache, mirándome con esos preciosos ojos verdes y esgrimiendo la mejor de sus sonrisas… Sin duda era la mujer perfecta.

»La vista se me va. Todo empieza a darme vueltas. Mi aspecto es lamentable. Ni siquiera he planchado la camisa. Voy a suicidarme y voy hecho un verdadero asco. Y estos pelos que llevo… debería peinármelo. Sin embargo tengo cierto atractivo, un cierto símil con Drácula. Sí, parezco un cantante de heavy metal. Las náuseas no me dejan apenas tragar saliva. Creo que voy a vomitar.

»Me pregunto qué cara pondrán mis padres cuando se enteren de esto. Supongo que mi padre dirá lo de siempre: “este chico siempre fue un inútil y un vago, si ya te lo decía yo, Concha…”. Mi madre llorará desconsolada al principio, pero se les pasará pronto, porque se centrarán para siempre en la promesa de la familia: mi hermanito. Éste si que es un figura. Inteligente, guapo, alto… siempre estuvo en forma y gozó de una excelente salud, raras veces lo ví postrado en la cama con una simple gripe. Demonios, mis padres lo fabricaron a conciencia.

»Apenas veo nada, la vista se me nubla. Es la tercera vez que estoy a punto de caerme al suelo, y no sé si aguantaré una más. Todo me da vueltas. Hay demasiada luz, el ventanuco de arriba me deslumbra, me martiriza. No quiero morir, ¿por qué he hecho esto? Maldita sea, de qué manera he mandado todo a la mierda. Saldré en los telediarios, todos conocerán mi plan. Seré famoso, temido, odiado. Quizá hasta hagan una película sobre esto. Bueno, quizá es demasiado decir, pero no estaría mal. Algo bueno sacaría así de todo esto. La luz me esta matando, solo veo una niebla luminosa que no me permite distinguir las formas. Dios, estoy poniendo el lavabo lleno de sangre. Debería abrir el grifo…»

Diego cae al suelo, y en su tránsito del lavabo a las frías baldosas que decoran con un aspecto soez el viejo cuarto de baño del piso de alquiler se dibuja un camino color púrpura, viscoso, en líneas a ratos bien definidas, a ratos difusas. Del grifo mana un pequeño hilo de agua, insuficiente como para diluir un cuadro de estilo dantesco que se ha formado en la pila del lavabo; en el suelo, los motivos decorativos ajados y setenteros de las baldosas se tiñen del color escarlata del horror, formándo una línea que acaba delimitando buena parte del cuerpo de Diego. Afuera la ciudad bulle, pero dentro el silencio es sacro, impenetrable, devorador. Y el diario, abierto sobre la tapa del inodoro por una página en blanco, parece señalar el final de una tragedia.

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