23 años después (reeditado)

Jobar, 23 años ya. Y parece que fue ayer cuando era un puto crío que correteaba por ahí, sin preocupaciones de ningún tipo. Bueno, la verdad es que, efectivamente, era ayer cuando correteaba por ahí tan feliz, es cierto que aún soy bastante crío; qué quieren, aún vivo con mis padres, no mantengo hijos, hipoteca ni tengo que aguantar a una mujer constantemente… ejem.

Pero a pesar de todo, hay que joderse cómo pasa el tiempo. Uno ve cómo sus padres se hacen viejos, sus abuelos más aún, sus amigos y amigas trabajan y se van independizando… ¿qué queda de aquellos años de juventud infinita, tardes calurosas de verano jugando pachanguillas de fútbol en la plaza del pueblo, escondites por las noches, cumpleaños con tarta en casa de los chiquillos y las primeras peñas en las fiestas del pueblo? ¿qué queda de aquellos padres jóvenes y fuertes que podían con todo y que arreglaban todos nuestros problemas cual superhéroes? ¿qué queda de aquello de pedir a permiso a tus padres hasta para salir a tirar la basura, acostarte pronto, volver a casa cuando acabara la verbena y las nocheviejas jugando a las cartas con la familia? Bueno, la verdad es que esto último no lo echo tanto de menos; reconozco que me aburría bastante, y todos queríamos hacernos mayores para hacer lo que nos diera la gana.

Porque esa es otra: todos los padres nos han castigado con la contestación que todos más hemos odiado desde nuestra más tierna infancia cuando pedíamos permiso para hacer algo que requería una mayor o menor madurez personal: “el año que viene, hijo” o bien: “cuando seas mayor“.
No sé al resto, pero a mí este tipo de detallitos me repateaban las entrañas que no vean. ¡Qué rabia! ¿Por qué tenía que ir todos los fines de semana al pueblo a aburrirme como una ostra si en invierno no había ni gatos? ¿Con lo que me hubiera gustado quedarme con mis 12 años solito en casa en lugar de estar en casa de la abuelita o irme al pueblo… Vale, venga, la verdad es que con 12 años era demasiado chiquillo, pero es que con esa edad todos le echamos coraje a todo. Creemos que podemos con todo. Y así tiene que ser, si no es entonces… ¿cuándo sino?
De hecho, si algún día soy padre seré más viejo, pero además de todo eso… haré rabiar a mis churumbeles de la misma manera con la fracesita esa. ¡Qué! ¿Que no? ¡Hombre, claro! Estoy plenamente convencido de que estas cosas son… de toda la vida. De generación en generación, y desde que el mundo es mundo, vamos. Ya imagino a Alejandro Magno con su madre:

Mami, mami, ¿puedo irme a conquistar todo el mundo antiguo conocido?
Huy, ¡qué cosas tienes, hijo! Bueno, mira: ¡el año que viene! ¡te lo prometo!

Y claro, Alejandrito se cansó de esperar tanto y con sólo 16 años creo que se fue a dar caña por el mundo. Como Juana de Arco. Como Pocholo, pero en otro estilo.

Así que lo mejor es vivir a tope cada momento: disfrutar de la vida a los 5, a los 10, a los 15, a los 20 y a los 120. Disfrutar de lo bueno y sacar partido a lo malo. ¿Qué otra cosa nos queda? El pasado y el presente nos pertenece y nadie nos lo puede quitar: es nuestro. El futuro… Dios dirá. Y lo que venga después… pues también.

Ya no me hace tanta ilusión cumplir años. Para qué. Cumplidos los 20… jodidos estamos, pero en estos tiempos como en otros, ¿eh? A los jóvenes de ahora nos ha tocado lo de las hipotecas, la alta tasa de accidentes de tráfico, la polución y el cambio climático, el paro, el terrorismo… y Belén Esteban. Hay que joderse.

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