Te queda una semana de vida. ¿qué vas a hacer con ella?

Imaginen por un momento que alguien les dice que les queda una semana de vida. ¿Qué harían, ante tal perspectiva? La pregunta es peliaguda desde el momento en que se plantea, y a medida que se reflexiona, se entra más a fondo en una espiral en la que parece no existir la respuesta correcta. ¿Pero realmente, qué es una respuesta correcta? Esta es otra interesante pregunta, a la que quizá dedique unas líneas otro día.

Volvamos al asunto. Solamente hay que ponerse en situación. Joder, es una putada, pero esto no es un juego. O bueno, quizá sí, pero el objetivo es conocernos un poco más a nosotros mismos, con lo cual es un juego muy serio, digamos que instructivo. Como el Mecano, vamos. Bien, mucha gente diría que visitaría a sus seres más queridos, que pasaría todo el tiempo con ellos. Otros dirían que eso no le aporta nada, porque cuando desaparezcan nada quedará de ellos y que para cuando desaparezcas ya todo dará igual, se deprimirán y quizás se suiciden, como venganza ante la muerte, para decidir ellos el momento final. Otros, terceros, se gastarían todos sus ahorros en grandes lujos, en vivir la vida a lo grande, a mandarlo todo a la mierda en un intento de vivir deprisa. Quizá habría un cuarto tipo, los buenos samaritanos, que aprovecharían el resto del tiempo para hacer el bien a los demás, dedicarlo a ayudar todo lo que puedan a sus congéneres, para sentirse mejor. Cadena de favores, y esas cosas. Y el antagónico de este grupo, psicópata enfermizo quizá se dedicaría a delinquir durante toda esa semana, sin reglas, ni leyes, libertinaje, pues no hay miedo a la prisión ni a la perpetua ante la perspectiva de la inminente visita al barquero Caronte.

Me interesan todos estos tipos, pero todos tienen algo en común que les caracteriza profundamente: todos cambiarían de forma más o menos radical sus vidas. El egocéntrico solitario pasaría los últimos momentos con su familia, los fuertes moralistas con grandes ideas para el futuro se desmoronarían como castillos de naipes, sumergidos en los mares de la depresión y, quizá, el suicidio; para los terceros, austeros usureros ahorradores para las generaciones futuras, el shock les produciría la fiebre de vivir ahora deprisa; los no empáticos, egoístas que viven en su nube de algodón se convertirían en misioneros sin fronteras, y los espíritus tranquilos y extremadamente tímidos desatarían la furia sociópata que siempre llevaron dentro.

Sé que estoy generalizando, pero es fácil pensar en todos estos arquetipos. No digo que yo no pertenezca a ninguno de ellos, pero pienso que la respuesta correcta sería seguir haciendo lo que he hecho hasta ahora. Imposible, ¿verdad? ¡Qué utopía! ¡Qué imbecilidad! No me digas que tus últimas horas las “gastarías” haciendo lo que has hecho siempre. Bien, ahora yo les diré que si tanto les trastorna esta respuesta es porque quizá no están viviendo como desearían vivir.

Aquí quería llegar, amigos: todos somos, en mayor o menor medida, dueños de nuestro destino y de nuestra forma de vivir. Desafortunadamente hay gente que no puede, pero la mayoría, al menos en los países desarrollados, tenemos esa inmensa suerte. Puede ELEGIR cómo quiere vivir su vida. Si tus últimos momentos no serían igual que el resto es porque quizás no estás viviendo adecuadamente. Es un cambio de filosofía, amigos: “vive cada momento como si fuera el último”, pero no atropelladamente, entiéndanme. La idea es no dejar todo aquello que deseamos para el final, aprovechar que estamos vivos, valorar lo que tenemos y estar agradecidos por ello.

La idea es decir: voy a visitar a mis padres y a mi familia más a menudo, mejor visitarlos ahora que llevarles flores cuando estén criando malvas. La idea es pensar: voy a cogerme unas vacaciones y visitar la India, un país que siempre quise visitar, por ejemplo. Es cavilar en lo banal que es casi todo en esta vida y que al final, lo único que merece la pena realmente son las personas. Es reflexionar: debería apadrinar un niño, donar dinero a cierta organización, pensar en algo para que los demás puedan disfrutar de la vida con plenitud, como lo hago yo. Finalmente, la idea también es: voy a enfrentarme a los demás, no callarme lo que me sienta mal, ni dejarme pisotear; voy a quererme a mí mismo y a intentar que se me respete igual que yo respeto a los demás. Así seré más feliz.

Por ello, a la pregunta: ¿qué harías si te quedara una semana de vida? creo que la respuesta correcta debería ser: lo mismo que he hecho todos los días hasta el día de hoy…

Espero que hayan reflexionado un poco con estas líneas. También me gustaría recibir sus opiniones al respecto.

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Absuelto sin cargos (reeditado)

Voy a añadir aquí lo que sería el primer capítulo de un intento de novela que estoy escribiendo desde hace algún tiempo. Me gustaría que alguien expresara su opinión, quizá si la termino y la publico le firme algún ejemplar cuando sea rico y famoso…

«Me llamo Diego y soy un asesino. Hace una semana descubrí algo bajo el televisor del salón, en el pequeño espacio que existe entre el final de éste y la mesa sobre la que se sustenta. Era un cuaderno de aspas con tapas de color azul oscuro. No lo había visto antes porque esa parte queda a oscuras, de manera que solamente fui capaz de descubrirlo por la mañana, con la luz del sol alumbrando mientras consultaba el parte meteorológico a la vez que, por primera vez en bastante tiempo, hacía limpieza en mi piso de soltero. Cuál fue mi desazón al reparar en él y ver su contenido. Menos mal que detrás de mí estaba mi sillón favorito, de otra manera el síncope me hubiera dejado seco en el sitio. El cuaderno era mi viejo diario, del que había perdido constancia hará unos dos meses. En las primeras páginas aparecen notas, recuerdos, dibujos, citas… pero en las últimas páginas aparecían garabatos, líneas, esquemas, una especie de plan bélico, terrorista, malvado. No recuerdo haber escrito esas últimas páginas, pero la letra es indudablemente, mía. Pasé las páginas perplejo, hasta que comiencé a comprender todo. Ya ves, al final ellos tenían razón.

Lo que ese cuaderno reflejaba era un plan meticulosamente urdido para acabar con la vida de una persona. No recuerdo haber matado a nadie. Pero el cuaderno debí de dejarlo ahí yo mismo, con la idea de descubrirlo precisamente ahora que se han calmado las cosas y recrearme a gusto así en mi brillante plan. Pero no estoy orgulloso, ni mucho menos aliviado. No tengo ninguna sensación de victoria, orgullo o poder. La conciencia castiga mi alma solamente de pensar que he sido capaz de hacer lo que he hecho. Y no he pagado por ello. ¿Me estaré volviendo loco? ¿El ser que estoy viendo en el espejo soy yo o es un diabólico asesino? Parece que me mira con una media sonrisa, maquiavélica. ¿Cómo he podido hacerme esto? Ya no sé ni quién soy. Pero pronto acabará todo. Pronto expiaré mis pecados, haré justicia. No volveré a ser feliz. No he pegado ojo en esta semana, y apenas he comido nada. Las náuseas me despertaban por las noches y la palangana rebosa fluídos intestinales, el único jugo que ha recorrido mis entrañas en días. Tampoco he ido a trabajar. Los jefes me han llamado preguntándose dónde demonios estoy. Les he cogido el teléfono y tras soportar estoico la avalancha de improperios contra mi persona, he colgado el teléfono sin mediar palabra. La última vez que me llamaron fue para decirme que me pasara a cobrar el finiquito y firmar la carta de despido. Qué ironía. Me parece que el finiquito se lo van a tener que meter por el culo.

»Miguel era un tipo prometedor. Tuve mis más y mis menos con él, pero tampoco era nada que no se arreglara con un poco de paciencia. De algún modo atravesé por una mala racha: mi novia me dejó, el casero me echó a patadas de aquel mugriento apartamento, cada vez tenía más trabajo y me ponía mas irritable. El colmo era Miguel; a él le iba todo bien: buena familia, un piso estupendo, una novia (¡la mia!) estupenda, una naturaleza competitiva… Toda una promesa para la compañía. El muy cabrón tenía suerte, sí; y sabía cómo llegar a lo más alto. Pero de ahí a planear su muerte de una forma tan concienzuda… De ahí a perpetrar un asesinato a sangre fría…

»Las piernas me flaquean; sí, ahora sí que pronto habrá acabado todo. Ahora ya me tengo que agarrar con fuerza al lavabo para no desfallecer. Pero aguantaré en pie hasta el final. El tembleque en las piernas comenzó hace unos minutos, las ojeras, testigos silenciosos del insomnio sufrido, se han acentuado y tengo los labios amoratados y agrietados. Mi rostro ha adquirido la lividez de un espectro, me aterroriza siquiera mirarme. Y esa sonrisa que me devuelve el espejo…

»Nuria. Ella también me demostró que Miguel era mejor que yo. No es que yo fuera todo un caballero romántico a lo Shakespeare, pero tampoco entiendo que me abandonara. Aquello debió de ser la gota que colmo el vaso para mi. Aún recuerdo su pelo liso, sedoso, negro azabache, mirándome con esos preciosos ojos verdes y esgrimiendo la mejor de sus sonrisas… Sin duda era la mujer perfecta.

»La vista se me va. Todo empieza a darme vueltas. Mi aspecto es lamentable. Ni siquiera he planchado la camisa. Voy a suicidarme y voy hecho un verdadero asco. Y estos pelos que llevo… debería peinármelo. Sin embargo tengo cierto atractivo, un cierto símil con Drácula. Sí, parezco un cantante de heavy metal. Las náuseas no me dejan apenas tragar saliva. Creo que voy a vomitar.

»Me pregunto qué cara pondrán mis padres cuando se enteren de esto. Supongo que mi padre dirá lo de siempre: “este chico siempre fue un inútil y un vago, si ya te lo decía yo, Concha…”. Mi madre llorará desconsolada al principio, pero se les pasará pronto, porque se centrarán para siempre en la promesa de la familia: mi hermanito. Éste si que es un figura. Inteligente, guapo, alto… siempre estuvo en forma y gozó de una excelente salud, raras veces lo ví postrado en la cama con una simple gripe. Demonios, mis padres lo fabricaron a conciencia.

»Apenas veo nada, la vista se me nubla. Es la tercera vez que estoy a punto de caerme al suelo, y no sé si aguantaré una más. Todo me da vueltas. Hay demasiada luz, el ventanuco de arriba me deslumbra, me martiriza. No quiero morir, ¿por qué he hecho esto? Maldita sea, de qué manera he mandado todo a la mierda. Saldré en los telediarios, todos conocerán mi plan. Seré famoso, temido, odiado. Quizá hasta hagan una película sobre esto. Bueno, quizá es demasiado decir, pero no estaría mal. Algo bueno sacaría así de todo esto. La luz me esta matando, solo veo una niebla luminosa que no me permite distinguir las formas. Dios, estoy poniendo el lavabo lleno de sangre. Debería abrir el grifo…»

Diego cae al suelo, y en su tránsito del lavabo a las frías baldosas que decoran con un aspecto soez el viejo cuarto de baño del piso de alquiler se dibuja un camino color púrpura, viscoso, en líneas a ratos bien definidas, a ratos difusas. Del grifo mana un pequeño hilo de agua, insuficiente como para diluir un cuadro de estilo dantesco que se ha formado en la pila del lavabo; en el suelo, los motivos decorativos ajados y setenteros de las baldosas se tiñen del color escarlata del horror, formándo una línea que acaba delimitando buena parte del cuerpo de Diego. Afuera la ciudad bulle, pero dentro el silencio es sacro, impenetrable, devorador. Y el diario, abierto sobre la tapa del inodoro por una página en blanco, parece señalar el final de una tragedia.

Una de italoamericanos (reeditado)


Hace poco tiempo empecé a ver una de las más maravillosas series televisivas (probablemente la mejor de la historia) que ha dado el hombre: Los Soprano. Había visto anunciarla cuando la daban en canal+, famosa es la parodia que hacen Los Simpsons de esta serie… pero el colmo fue que cada vez más críticos televisivos de todo el mundo la ensalzan como la mejor serie de todos los tiempos. Y después de 15 capítulos (¡y son 6 temporadas!), me veo obligado a admitir que no les falta razón.

Reconozco que me gustó mucho El Padrino, y que si algo de bueno tiene esta serie y que tiene en común con la trilogía de Coppola, son los personajes. David Chase, su creador, ha modelado y mimado muchísimo cada personaje, de manera que es interesantísimo estudiar el comportamiento de cada uno de ellos capítulo tras capítulo. Y los actores son de lo mejor. Se nota que han estudiado mucho el comportamiento y la gesticulación del arquetipo mafioso (les confieso que, si alguna vez me encontrara en un callejón a Paulie Walnuts, interpretado magistralmente por Tony Sirico me orinaría en los pantalones y saldría corriendo como alma que lleva el diablo). Y la B.S.O es genial.

Pero yo creo que no es esta la razón por la que es una de las mejores series que jamás se han realizado. Yo creo que la razón fundamental es que todos comprendemos a Tony Soprano en sus problemas con su mujer, su aspecto de pillo animalote descubre, en ocasiones, a un ser incomprendido, que los años le han convertido en lo que es, y que “malvive” como puede, consciente de los peligros que corre. Todos entendemos al pobre Christopher, deseoso de ser alguien en La Cosa Nostra, cansado de ser un don nadie, el último mono de la banda. Una auténtica promesa en el Negocio, sin duda. Todos conocemos a alguien como la madre de Tony, una vieja huraña y criticona que malmete entre su hijo y su cuñado, Junior. Ah, Junior, ¡qué gran tipo! Un abuelete que siempre deseó ser el gran jefe, el Capo, el Padrino del clan de los Soprano; siempre relegado a un segundo plano primero por su hermano mayor y luego por su sobrino Tony, ambos con más aptitudes, menos orgullosos y menos pretenciosos. Un abuelete de armas tomar.

Además se nos muestra cómo los italoamericanos ‘de bien’ odian sin paliativos a estos mafiosos (¿mafia? ¿qué es eso de la “mafia”? aquí nadie hace nada de mafia, no me insultes, ¡no me vuelvas a hablar de eso!), por ensuciar el buen nombre de los italianos, a las familias, a los hijos, a los inocentes, a las víctimas.

Cada vez que acaba un capítulo no puedo borrar en mi rostro una sonrisa, la sonrisa irónica de Tony o la sonrisa de superioridad del tío Junior. No, amigos, esta NO es una serie que habla de la Mafia. Esta es una serie que retrata como ninguna otra …¡a la vida misma!

Españoles, españolas y españolos (reeditado)

El grito pongo en el cielo una vez más por lo que muchos pensarán que es otra majadería más de las mías.
Qué manía tienen los políticos (léase Lehendakari y el resto de la camada del Parlamento Vasco) por decir “los vascos y las vascas”. Qué mal suena. Que vueltas y qué guerra con el idioma, oye. Éstos no se han enterado aún de que el idioma, nuestro idioma, el de Cervantes y Quevedo, no es sexista. Es así y punto. Yo no veo a ningún político extranjero que en su idioma se exprese con la misma peripollez con lo que lo hacemos aquí, redios.

Pero bueno, es política. Estos tipos son inteligentes. No vayan a perder el voto de cuatro reprimidas feministas radicales por no citarlas en el discurso político. Con los votos no se juega, y con el voto feminista menos. Hasta ahí podíamos llegar.

Y ahora sin faltar. He leído muchas opiniones a favor y en contra de esto. Incluso alguna mujer indica que el idioma debe adaptarse y evolucionar a los nuevos tiempos de igualdad, a lo cual otros, como mi gran idolatrado Arturo Pérez Reverte, todavía están intentando parar de reír. Bueno, todas las opiniones, como siempre, son respetadas, y si están bien fundamentadas más aún.

Lo que ocurre es que creo que es un tremendo disparate comparar la lengua con el comportamiento humano. Nuestra lengua es como es, y hay que mimarla y cuidarla. Bastante tenemos ya con la cantidad de anglicismos y estupideces que las nuevas tecnologías están introduciendo en nuestra amada lengua. Demonios, soy informático, pero odio cada vez que oigo a alguien decir library, compiler, path, developer, query y otros monumentos de semejante índole a la memez en lugar de utilizar sus equivalentes castellanos biblioteca, compilador, ruta, programador y consulta, que funcionan y significan exactamente lo mismo. No vamos a quedar como más espabilados por utilizar términos en inglés.

Intentemos cambiar el mundo y la sociedad hacia la paridad de sexos, pero no seamos hipócritas. Para el que no lo sepa, el castellano, por tener, tiene 6 géneros: al masculino, femenino y neutro, archiconocidos, hay que añadir los géneros epiceno (animales que tienen la misma terminación y artículo, como por ejemplo ‘la’ serpiente, ‘la’ rata…; el ambiguo, que lo poseen aquellos sustantivos que pueden utilizar indistintamente ‘el’ y ‘la’, como por ejemplo el/la mar, y finalmente el género común, que es aquél que designa a personas que, teniendo la misma terminación, se diferencian por el artículo: el/la amante.
Aunque bien pensado yo añadiría otro, el género tonto, al cual pertenecen muchas personas de este país.

Además de la igualdad de sexos podríamos sumar la igualdad de sexualidades, ¿no?. ¿Qué hacemos con los homosexuales? ¡Tendrán derecho a un género propio! ¡Y los transexuales! Por eso, yo sugiero que añadamos el género homosexual y transexual a nuestro castellano. Para que absolutamente nadie se sienta discriminado por nuestro machista, trasnochado y ajado idioma. Así tendríamos españoles, españolas, españolos y españolus, respectivamente.

Pobre Cervantes, Quevedo, Góngora y Lope, si levantaran la cabeza. Qué hostia se iban a dar contra la tapa.

“Informaciones” (reeditado)

De un año a esta parte, aproximadamente, vengo escuchando en los medios de comunicación (y lo que es mucho más alarmante, a algún profesor de mi escuela) decir frases del tipo ‘extraer ciertas informaciones‘, ‘según las informaciones que me han dado mis fuentes‘, etc. Esto queda más patente en los periodistas del corazón, de hecho recuerdo a una canija cuyo apellido empieza por P y trabaja en televisión.

Me parece absurdo e incomprensible que unos profesionales de la información como son los periodistas utilicen mal nuestra Lengua. Al menos en un entorno profesional o formal escrito. Igual sueno pedante, pero qué quieren que les diga, es que suena fatal, ¿eh? ¡InformacionesGentes! ¡Dios mío, “gente” es un nombre colectivo! ¿De dónde sale “gentes”, entonces?. Aunque claro, viniendo de paparazzis… tampoco debería extrañarme tanto. Teniendo en cuenta la clase de periodismo que se hace en la prensa de este país…

Todo esto reavive aún más mi pasión desenfrenada que siento por estos profesionales, que junto con los abogados y los actores españoles forman el triplete fantástico para mí.

Pero el caso es que, sin ser yo el mismísimo Lázaro Carreter, válgame Dios, a su lado soy un cateto analfabeto de la lengua, servidor es vallisoletano y, por ende, leísta como poco, pero sucede que hay cosas que me molestan mucho. Una de las cosas que nos dijeron en Fundamentos de la Informática de primero, en el primer tema además, que bien lo recuerdo, fue: información es un nombre colectivo, y se refiere a un conjunto de datos. Dato o datos es un sustantivo que perfectamente puede aparecer en singular o en plural, y designa a las “unidades” de información. Por ello, en las oraciones anteriores debería decir: ‘extraer ciertos datos‘ o ‘según los datos que me han facilitado mis fuentes‘. Lo cual me lleva a hacer autocrítica en cierto modo:me parece igual de mal que cualquier profesional de la información (lo cual engloba a periodistas, informáticos y telecos) use mal la expresión, teniendo en cuenta que se dedica precisamente a ello, a la información.

Ni que decir tiene que expresarse correctamente en un idioma no es de ciencias ni de letras, así que la excusa típica no vale aquí. Y con las estudios de LOGSE que vienen no quiero ni pensarlo. Los estudios en mis tiempos ya eran terriblemente malos…

Y ya no hablamos del archiconocido “deber de” porque ya es para olvidarlo. Todo el mundo dice siempre “deber de“; profesores, periodistas… parece que la preposición “de” enfatiza más el carácter del “deber“. A ver si alguien se da cuenta de una vez que “deber” significa obligación (‘Debes lavarte los dientes’) y “deber de” expresa probabilidad o duda (‘Deben de ser las cuatro y media’). ¡Redios!

¡A comer conejo se ha dicho! (reeditado)

De verdad, cómo somos, oye. Nos aconseja el señor Ministro a seguir la dieta del Cucurucho (el que no sepa de qué va, que lo busque porque yo no se lo voy a explicar) y nosotros nos quejamos. De desagradecidos dicen que está el mundo lleno. Mirad Sarcozy. Oyó al ministro, y ea, ahí le tienes, con la Bruni, menudo cómo se estará poniendo a conejo el cabrón. ¿No nos quejamos año tras año del éxtasis empalagoso de polvorones, caviar, angulas, percebes, bogavantes, cigalas y ostras? Pues ya está, la solución es un rico y nutritivo conejo, que para el que no lo sepa (el que tiene orejas y corre por el campo) es una de las pocas carnes que reparte sus nutrientes en todas las partes de su cuerpo. Ahí es nada. Y a darle al folleteo. Íbamos a llegar el día 2 de enero al tajo con 5kg de menos, algo inaudito en la historia de la humanidad.

– ¡Vaya, vaya, Gerárdez, cómo se han dado las navidades, se ha quedado hecho un figurín!
– Sí jefe, es que seguí las recomendaciones del señor Ministro… ¡y ya ve!

Entonces se iban a quejar los monitores de gimnasios. A ver, si no comemos jamón y embutido… ¿de qué viven ellos? Y al cabo de los meses, llega el verano y unos tipazos por la playa de quitar el hipo… unos abdominales… unos pectorales… ¡hasta las señoras de 70 años, oiga! Íbamos a hacernos famosos los españolitos, ya lo estoy viendo: “La Nueva Dieta Mediterránea”. ¿Y los vigilantes de la playa? ¡Se rodaría en Benidorm o en Torrevieja, seguro!

Y si la inflación sigue subiendo… ¿qué cenaremos la Nochebuena que viene? Miren, yo propongo una carne deliciosa y muy nutritiva: carne de rata de alcantarilla. ¡Qué! No me dirán que van a pasar hambre, porque del tamaño de un conejo, mal se les tiene que dar para no encontrar alguna. Y lo que es mejor: se ahorran toda la inflación de precios debida a los intermediarios. Sólo hay que abrir una alcantarilla, sentarse con una caña de pescar, poner de cebo una bota vieja… ¡y a esperar! Y es que hasta el cebo es barato, qué quieren. Todo ventajas.

Me gustaría que en la primera sesión del Congreso de los señor DiPutaDos, pasaran todos en fila india por una báscula. Veríamos a ver qué conejo han comido, si del que come hierba y corretea por el campo o del que tiene pinzas y vive en el fondo del mar (matarile, rile, rile).

¿Y Bugs Bunny? ¿Alguien ha pensado en el pobre colectivo de conejos? No me extrañaría verlos manifestándose a la puerta del Ministerio, con pancartas del estilo: “¿Por qué no nos coméis el cimbrel?” Pobres conejos. Claro que como no hablan… Pero tienen derecho a manifestarse, aunque sea silenciosamente. ¿No lo hace acaso el rebañ… el gremio de actores de nuestro querido país? Pues eso. Y lo peor es que, los conejos, al igual que los gitanos y los jubilados, votan en masa, y votarán al PP. Y esto ya es más grave.

Historietas de cuarto de baño (reeditado)


NOTA: Todo lo relatado aquí está basado en hechos reales. Los nombres de personajes y establecimientos públicos han sido debidamente sustituidos por otros totalmente ficticios, para preservar el anonimato de los mismos.

Les voy a hablar del cuarto de baño. Vaya tontería. Pues sí. Pero claro, teniendo en cuenta que pasamos en el susodicho más tiempo en nuestra vida que comiendo o trabajando (si no se lo creen pregúntenle a un funcionario, pregunten…), y ya no hablemos de practicar sexo, vamos.

Por ello me parece un tema interesante de conversación; pero sobre todo me interesa el tema de los baños públicos. De los baños privados no voy a hablar, todos sabemos bien cómo usarlo, salvo el puñetero bidé, que como es conocido, todos lo usamos para lavarnos los pies o dejar las toallas y ropa sucia mientras nos duchamos. No me digan que es para lavarnos nuestras partes íntimas porque eso es mentira. Primero porque es muy incómodo abrirte de piernas y sentarte ahí, apoyado en los bordecitos fríos que te deja tus partes del tamaño de un cacahuete; y segundo porque no entiendo qué orientación escoger: ¿mirando al grifo o mirando al tendido?. Tampoco voy a hablar de los ambientadores porque ese es otro caso por resolver. Qué ideaza lo de hacer que el cuarto de baño huela a pino del bosque y la montaña, para el niño y la niña.

Bien. Yo quería hablar de baños públicos; sí. Pero voy a hablar en particular del caso masculino; del caso femenino hay numerosísimos tratados, como aquél de “¿Por qué las mujeres van juntas al baño?” o el otro de “Como orinar sin tocar el váter con el culo, sujetando el bolso, el abrigo y fumando un cigarro“. Todo esto ya está muy bien tocado y no voy a entrar más ahi.

Es muy curioso cuando estamos en un bar y nos entran ganas de cambiarle el agua al canario y vamos hacia los servicios. Bien, una nota común: los servicios siempre estarán a tomar por culo dentro del bar, en el sitio más recóndito y menos accesible posible, porque claro, el dueño del bar no es bobo; mientras menos se vea, menos tentación de ir, que luego el que limpia es él.

Bien, llegas a la puerta: aquí está el primer dilema: te encuentras un monigote con un paraguas cerrado y otro con un paraguas abierto. ¿Qué coño significa esto? Por qué me haces pensar a las 3 de la mañana con la que transporto encima, tío… Y miras una puerta, y miras la otra. Es el juego de “busca las 7 diferencias”. Coño, pero que esto es serio, oigan: qué fue de aquello del letrerito de Caballeros y Señoras? Joder, dame una pista, tío: en unos dibujines extraños, en otros “OS” para los chicos y “AS” para las chicas… recuerdo en un bar de tapas decorado al estilo de un coso taurino que para acceder a los baños tenías que pasar por detrás de un burladero (ejem) y la puerta de los baños era una montera y una peineta. Acojonante. Es que llegas a la puerta y te encuentras un puto triángulo con un rombo debajo. Miras al otro a ver si te aclara un poco más: una hilera de bolitas en forma de elipse. Ni puta idea. Hasta que caes: joder, una corbata y un collar. Vale, yo creo que soy corbata, así que, por aquí.

Bueno, y eso los que tienen algún cartel en la puerta. Luego hay otros que no lo tienen. Curiosamente la gente, ya acostumbrada, jamás se equivoca a la hora de elegir cuál es el suyo. Hay bares a los que llevo yendo desde hace años en los que jamás he visto un puñetero cartel. Eso sí, el día que lo pongan colocarán un puto jeroglífico de esos y nos joderán la vida.

Y ya estás dentro. Lo primero es que en los servicios de los tíos no sé como demonios lo hacemos pero todo está lleno de mierda, y los meaderos son lo más cutre que puede haber. Bien, si hay una hilera de meaderos siempre cogerás el que está en un extremo. ¿Para qué? para reducir las posibilidades de que venga un mariquita y se ponga a tu lado. Si llega un tío y se pone a mear siempre escogerá el meadero más alejado al tuyo. Eso es lo que hacemos los machos ibéricos. Si escoge uno más cercano, malo. Cuanto más cercano a tí sea el meadero escogido peor. Y si escoge el que está justo a tu lado es como para salir de allí cagando melodías. Otra cosa es cuando solamente hay dos. Claro, la situación es algo embarazosa. El silencio a veces está bien, y si vas a decir algo… ojito: mira a ver lo que dices y piénsalo bien o la puedes cagar rotundamente:

– ¡Joder, qué atasco tenía!
– Pues sí, es que no se puede beber tanta cerveza, tanto calimocho… no puede ser.
– Pues sí tío… mh, mh, bueno, yo ya he acabado. Que te sea leve la noche.
– Venga tío, yo me quedo aquí, no se si terminaré de cerrar el grifo…

Una vez entré en un servicio que tenía a la altura de la mitad de la pared todo espejos, y el agujero de mear (sí este es un método muy medieval) estaba en un esquinazo. Total, que levanté la cabeza y me ví la polla reflejada 7 veces. Como entre alguien a ver cómo coño me la escondo, cagüentó. Sí, otra cosa curiosa es la de los agujeritos en el suelo. No caemos ni gota, oigan. Y es que los tíos nos tomamos lo de mear como un juego. Cuanto más pequeño es el agujero mayor es el reto de apuntar dentro. Eso sí, en casa meas como te sale de la brenca (qué chiste más fácil), no tiene mérito apuntar bien en el váter, y luego salpicas todo y tu madre, con razón, te suelta un sopapo.

Lo mejor es cuando te da un apretón del otro tipo. Porque claro, tú estás en tu zona de baretos guarra, donde los servicios son guarros… ¡no lo vas a hacer ahí, no vayas a coger la malaria, pájaro! Y te desplazas a 15 minutos para buscar un bar céntrico, de gente mayor, de tapeo, que suelen cuidar más los aseos. ¿Y cómo entras? joder, qué palo, entrar y no tomar nada. Es igual, entras disimulando, como que buscas a alguien. Te quedas mirando a todos. Cuando pasas la barra el camarero ya no te puede ver. Ya estás dentro. Y al salir… como si nada, a mí que me registren, yo ya he hecho todo lo que tenía que hacer…

Así que ya para finalizar todo este rollo, simplemente recordar aquél famoso dicho que aparece escrito a boli cutre en muchos cuartos de baño: “mea a gusto, mea contento, pero, so cabrón, mea dentro“.